Cabotaje en Chile, una oportunidad estratégica frente al alza del combustible
El escenario reciente marcado por el conflicto bélico en medio oriente ha generado nuevas alzas en los precios de los combustibles y por la presión creciente sobre el diésel, vuelve a tensionar un sistema logístico chileno que, desde hace décadas, ha descansado de manera predominante en el transporte terrestre. Más allá del impacto coyuntural en los costos, estas señales reabren una discusión de fondo que rara vez se aborda con la profundidad necesaria, me refiero a la conveniencia de avanzar hacia un uso más intensivo del cabotaje marítimo como alternativa estructural complementaria al camión y el tren.
Chile es, por definición, un país marítimo. Su geografía extensa y angosta, con más de 4.000 kilómetros de costa, ofrece condiciones naturales excepcionales para el transporte de carga por vía marítima entre puertos nacionales. Sin embargo, esta ventaja comparativa no se ha traducido históricamente en una política logística equilibrada. El resultado es una matriz de transporte altamente expuesta a las variaciones del precio de los combustibles, tal como vuelve a quedar en evidencia cada vez que el diésel registra alzas relevantes, como ha venido advirtiendo la prensa económica.
En este contexto, la Nueva Ley de Cabotaje, aprobada a finales de 2025, representa una señal que merece mayor atención. La normativa busca modernizar el transporte marítimo nacional, aumentar la competencia y reducir costos logísticos, con ahorros anuales estimados de hasta USD 267 millones y reducciones en tarifas de flete que podrían situarse entre 19% y 39%. En un escenario de combustibles más caros y volátiles, estas cifras dejan de ser solo proyecciones técnicas para transformarse en un argumento estratégico.
El transporte terrestre es, sin duda, el más directamente impactado por el precio del diésel. Como es habitual en estos escenarios, cada alza termina presionando los costos de operación, las tarifas de flete y, en cascada, a toda la cadena productiva. El cabotaje, en contraste, permite mover grandes volúmenes de carga con un consumo energético por tonelada significativamente menor, lo que lo hace menos sensible a estas fluctuaciones y más estable en el tiempo.
A este factor económico se suma un elemento cada vez más relevante, la resiliencia logística. Los últimos años han demostrado que las cadenas de suministro son vulnerables a contingencias externas, ya sean energéticas, climáticas o geopolíticas. En este escenario, depender de manera casi exclusiva del transporte terrestre para los desplazamientos de media y larga distancia constituye un riesgo sistémico. El cabotaje, entendido como navegación de puerto a puerto dentro del territorio nacional, aporta flexibilidad y redundancia al sistema logístico, fortaleciendo su capacidad de respuesta ante eventos disruptivos.
El transporte de combustibles hacia las regiones de Aysén y Magallanes ilustra bien este punto. Frente a la sensibilidad de los precios y al impacto que tendría un encarecimiento abrupto, el Estado optó por mantener los subsidios al traslado marítimo, reconociendo que el cabotaje cumple un rol clave para asegurar abastecimiento y estabilidad de precios en zonas extremas. Esta lógica, aplicada hoy de forma focalizada, abre la puerta a reflexionar si no debiera extenderse, con los ajustes necesarios a otros flujos estratégicos de carga a nivel nacional.
Es importante subrayar que un mayor uso del cabotaje no implica prescindir del transporte terrestre. El camión seguirá siendo fundamental en la distribución de última milla y en tramos cortos. El desafío es volver a equilibrar la matriz logística, asignando a cada modo el rol donde es más eficiente, en lugar de seguir sobrecargando al transporte terrestre con recorridos largos y altamente expuestos al costo energético.
Finalmente, en momentos en que el alza de los combustibles tensiona nuevamente al transporte terrestre, persistir en un modelo logístico desequilibrado parece cada vez menos sostenible. El cabotaje no es una solución inmediata ni excluyente, pero sí una herramienta probada, subutilizada y especialmente pertinente en el escenario actual. La discusión ya no es si Chile puede mover más carga por mar, sino si puede seguir postergando esa decisión sin asumir costos crecientes en competitividad y resiliencia logística.
¿Está la cadena logística nacional y en especial sus puertos preparados para ejecutar esta estrategia?
@Portalportuario
