Ormuz: una garganta global con impacto local, por Dante Blotte
VOCES Y OPINIONES. Lo sucedido en el Estrecho de Ormuz no debe verse como geopolítica lejana. Su impacto alcanza a los balances de las empresas locales y al bolsillo del ciudadano. Escribe Dante Blotte, CFO de Repsol Perú.
¿Qué conecta una franja de agua de apenas 40 kilómetros (km) de ancho, ubicada al otro lado del planeta, con la canasta familiar limeña? Que cuando el Estrecho de Ormuz está bloqueado por la guerra, el precio de llenar el tanque, de transportar alimentos, fertilizantes y todo lo demás se multiplica. La inflación puede empezar muy lejos de casa, en un corredor que concentra una parte crítica de la energía del mundo.
Con Irán al norte y Omán y parte de Emiratos Árabes Unidos al sur, Ormuz enlaza el Golfo Pérsico con el Golfo de Omán y el Mar Arábigo. Su navegación se organiza en dos rutas de 3.7 km separadas por una zona de seguridad y su profundidad, de entre 60 metros y 100 metros, admite barcos superpetroleros de más de 260,000 toneladas de peso. Es angosto, pero suficientemente importante como para remecer la estabilidad energética global.
Por esa garganta suelen fluir unos 20 millones de barriles diarios (mbd) de crudo y productos, equivalente al 20% del comercio marítimo de petróleo y a casi una quinta parte del mercado global de GNL. El corredor sustenta, además, una fracción sustantiva del comercio marítimo de fertilizantes, con inevitable arrastre sobre el precio de los alimentos.
La crisis que hoy vive el Estrecho de Ormuz no es la del 2025. En ese entonces, a pesar de las tensiones, no hubo bloqueos físicos sostenidos y el impacto fue especulativo. Hoy, en cambio, el flujo marítimo se ha reducido a una fracción y los ataques han disuadido el tránsito, empujando al precio del Brent más del 50%, por encima de los US$110.
Las consecuencias sobre la oferta son inmediatas. Con Ormuz prácticamente detenido, los países del Golfo recortaron su producción de crudo en al menos 10 mbd y la oferta global se contrajo en 8 mbd en marzo, con un impacto significativo sobre los derivados. La energía que no sale de los puertos no llega a las refinerías y, en consecuencia, no alimenta camiones, aviones ni industrias.
¿Se puede amortiguar este impacto? Solo en el corto plazo. Arabia Saudita puede llegar teóricamente a 7 mbd hacia Yanbu (Mar Rojo) y Emiratos Árabes Unidos puede mover 1.5 mbd hacia Fujairah (Golfo de Omán), a través de oleoductos de desvío. Pero la capacidad real para evitar pasar por el Estrecho de Ormuz ronda los 5.5 mbd, cifra claramente insuficiente frente a los 20 mbd habituales. Si bien pueden ser válvulas de alivio, no son sustitutas.
Los inventarios, por su parte, dan algo de oxígeno. Los stocks globales de crudo observados sumaban 8,210 millones de barriles en enero, con 25% “on water” (flotantes). Y, por primera vez, la Agencia Internacional de la Energía (IEA, por sus siglas en inglés) activó una liberación de 400 millones de barriles de reservas estratégicas; un puente temporal sobre un abismo logístico.
Aun así, la crisis actual tiene un impacto directo e inmediato en la economía real. Para las empresas, la energía más costosa encarece fletes e insumos, sube la inflación e incomoda a los bancos centrales, que tienen menos margen para bajar tasas y afrontar riesgos de subidas, que se traducirían en financiamiento más caro y capex más prudente. La economía real sufre donde duele: seguros marítimos al alza, tiempos de tránsito más largos, capital de trabajo tensionado. Y, cuando un “chokepoint” se atora, los balances respiran agitados.
Para el ciudadano, por otra parte, lo sucedido en Ormuz no debe verse como geopolítica lejana. Es gasolina más cara, pasajes elevados, incremento en la canasta familiar, en costo de créditos y, en general, un menor poder adquisitivo.
Hoy, el tiempo es el factor crítico. Aunque generan tensión, algunas semanas de restricción pueden absorberse parcialmente con oleoductos, inventarios y reservas. Pero meses de bloqueo comprometerían balances, inversiones y resentirían la demanda, con un sesgo bajista para el crecimiento global. La economía mundial depende de que una estrecha franja de agua vuelva a fluir con normalidad pronto. De lo contrario, un problema táctico puede convertirse en un freno más estructural al ciclo expansivo.
Sobre el autor
Dante es el CFO de Repsol Perú y director de Refinería La Pampilla. Es Economista por la Universidad de Lima, con estudios de posgrado en alta dirección en ESADE (España) y otros estudios en Chicago Booth (EE.UU.), Cambridge Judge Business School (Reino Unido), Bechtel Corporation (EE.UU.), el Centro de Altos Estudios de Management Empresarial, entre otros. Es parte del Grupo Repsol desde 2009 y antes ha ejercido cargos ejecutivos en otras empresas del sector oil & gas y aeronáutico.
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